lunes, 3 de octubre de 2016

El Sistema






Hace unos años, debido a un error médico, mi padre que estaba internado desde hacía mes había sido inyectado con tres  ansiolíticos diferentes que lo pusieron a dormir durante casi 48 horas. Al principio, su esfuerzo por despertarse de poco servía, ya que aunque abría los ojos, hablaba con dificultad y volvía a caer dormido.  



A las 24 horas,  pudo empezar a decir cosas inteligibles aunque su mirada aún parecía extraviada en algún lugar de las tierras de Morfeo.



Nunca voy a olvidar la primera frase entendible que enunció : “Estoy acá y la vieja ni me vino a ver”. 



Me sobresalté y mi alma se hizo un nudo. Mi abuela había muerto hacía varios años…



-“¿Quién no te vino a ver?”



-“La madre del que me hizo esto” dijo y señaló su costado izquierdo, justo antes de volver a caer dormido por otro par de horas.



Respiré por una milésima de segundo. No hablaba de su madre. Hablaba de otra persona.



Y volví a preocuparme cuando entendí que estaba hablando de algo que había pasado hacía muchos años.



Varias veces había escuchado la historia de cómo, cuando tenía 12 años, jugando al fútbol con los pibes del barrio,  tratando de no perder una pelota, un chico de 14, saltó sobre él que acababa de ser trabado desde atrás y había caído. Con tanta mala suerte, que el pie del que saltó con todo su peso no aterrizó en el suelo sino sobre el flanco izquierdo de mi padre, produciéndole la rotura del bazo y una brutal hemorragia interna. 

Cuando la ambulancia lo hubo ingresado de urgencia al hospital, el jefe de guardia, luego de revisarlo, indicó que lo pusieran en un rincón ya que lo había “desahuciado”. Eso significaba que no iban a hacer nada y lo dejarían morir. 


Un joven médico respetuosa pero enfáticamente, le dijo al veterano doctor que acababa de firmarse una disposición  por la que se prohibía desahuciar a los enfermos y debían atenderlo. El médico viejo lo miró sorprendido por el atrevimiento del novel galeno, y dijo despectivamente:  - “Si quiere practique con él, yo hoy no pienso ensuciarme las manos”.




Y así fue como ese joven doctor de apellido Abella, tras una larga operación, salvó la vida de ese chico, al oponerse al cómodo y seguro sistema reinante.


Unas semanas más tarde, mientras estaba en su casa recuperándose de la tremenda operación, llegó a visitarlo un hombre mayor, vestido de traje e impecable camisa blanca, que quitándose el sombrero se sentó a su lado en la cama, comenzó a hacerle preguntas… Cómo se sentía;  si quería mostrarle la herida y  que le cuente cómo se la había hecho; si iba a la escuela; quiénes eran sus amigos…



Antes de irse, el hombre le dice a mi abuela que daba gracias a Dios por haberse acercado hasta la casa, ya que había una denuncia contra su hijo, y extrajo del maletín los papeles donde disponían su traslado a un reformatorio. 



En esos años, con que dos testigos avalaran la denuncia era suficiente para encerrar a un chico en la sucursal del infierno. 



Como los testigos contaron lo que había sucedido y nada tenía que ver con la versión de los denunciantes, este hombre quiso ir a ver al acusado y corroborar los hechos.



La familia del chico que lo había lastimado dijo que se pelearon porque mi padre era un pendenciero que había agredido a su hijo. 

El jovencito de 14 años, prevenía de un matrimonio entre un profesional y una ama de casa.



Mientras que mi padre, era el hijo de una familia a la que todos los prejuicios de la época le sentaban bien. Era “hijo natural”, lo que equivalía a decir  nacido de madre soltera, y no es que anotaran a los hijos nacidos de madres casadas como “antinaturales”, sino que era una forma elegante de escribir en las partidas de  nacimiento para no poner “bastardo”, aunque eso dijeran por lo bajo. 
Mi abuela no era ama de casa, trabajaba, y eso evidenciaba su condición humilde. Era inmigrante y estaba viviendo en concubinato con un hombre separado “de hecho” que había puesto un pequeño comercio de librería  cuando fue echado de su trabajo en el Estado luego del derrocamiento de Yrigoyen; ya que había sido militante del partido radical. 



Si el veterano asistente social hubiera hecho lo mismo que el viejo médico del  hospital, mi padre hubiera sido enviado al reformatorio, y se habría perdido en el submundo delictivo. Probablemente, yo nunca habría nacido.



A pesar de que en esa situación traumática dos personas habían obrado correctamente, y habían salvado su vida, y la mía,  de muchas maneras, setenta y tres años más tarde, lo que había prevalecido en él, lo que permanecía indeleble en su alma, era la injusticia.



“Estoy acá y la vieja ni me vino a ver”. Era su inconsciente sacando la basura gracias al exceso de medicación. 



Afloraba la cicatriz, el agujero en su interior que no había sido dejado por la ausencia del  bazo, sino por la profunda injusticia de haber sido lastimado hasta casi morir, deshechado luego como un trapo viejo y sucio. "Hoy no pienso ensuciarme las manos " había dicho delante suyo un señor mayor, ilustrado, jefe de cirugía en un prestigioso hospital porteño, con su impecable guardapolvo blanco y almidonado.

En lugar de asistirlo o al menos visitarlo en el hospital, fue criminalizado por la madre de quien lo había herido valiéndose del Sistema y los prejuicios de clase que trababan las relaciones en aquella Buenos Aires de finales de los años 30. 



El domingo pasado, mientras desayunaba, leí en el diario Página 12, en una nota sin firma:



El caso ocurrió el viernes en un McDonald’s de la Capital en el que faltó un par de zapatillas en el pelotero. Del restaurante llamaron a la policía acusando a un nene de hurto. Los agentes detuvieron al chico, lo subieron al patrullero y lo llevaron al Centro de Admisión y Derivación, donde permaneció varias horas. Para más, el juez interviniente ordenó que le tomaran las huellas digitales, lo imputó por averiguación de hurto y recién entonces ordenó que lo llevaran a su casa, donde vive con su madre.”




…“El viernes a las 16 horas cuando la policía llegó al McDonald’s, detuvieron al nene, que estaba solo, y lo acusaron de llevarse unas zapatillas que no eran suyas. Luego de la detención, la policía dio intervención al juzgado de turno, el número 2, a cargo de la doctora Silvia Sassano. La Secretaria judicial María Martha Halperín ordenó el traslado al CAD y, además, mandó a que le tomen las huellas dactilares.”



Como no podía creer lo que leía, volví a releer la primera parte:



“El Defensor Público Gustavo Gallo denunció un caso de detención indebida de un chico de apenas ocho años.”



Para que esa criatura haya sido llevada detenida en un patrullero,  debieron intervenir varias personas que actuaron con dudoso criterio. 



 El encargado de la hamburguesería. Esa multinacional a la que le subsidiamos el sueldo de sus empleados con los impuestos (que también paga la mamá del nene detenido e imputado por hurto), gracias al acuerdo que hizo el hoy juez de la Corte Suprema Carlos Rosenkrantz con el Gobierno Nacional y Woods Staton, el dueño de la cadena de comida chatarra. 
El empleado es el engranaje que subvencionamos para que el mayor saqueo pueda ser llevado a cabo. Incluso el que le roba el sueldo digno que merece por su trabajo. ¿Lo sabrá?




El que conducía el patrullero y el que se llevó al chiquito “detenido”. Dos policías, que custodian los bienes de algunos, pero por lo visto, olvidan a las personas. Todo en nombre del deber. ¿Cuál es el bien a proteger? Para “proteger” las zapatillas arrastraron por 50 metros a una criatura humillándola ante el mundo… ¿Durarán toda una vida las zapatillas que  ni siquiera fueron robadas? ¿Durarán tanto como la estigmatización, la vergüenza, la humillación, el desprecio  en ese chiquito de ocho años? El Sistema habla a través del uso del Estado: el pelotero, el payaso, los globos de colores, sólo son para  los que puedan pagar la comida chatarra que se impone a fuerza de publicidad.



El comisario y el subcomisario de la zona, que por alguna razón no se identifica en la nota del diario. Aquí el Sistema se protege a sí mismo. Mejor no identificar a los engranajes que debieron poner freno a esta estupidez macabra, porque los periodistas siempre necesitan recurrir a alguna comisaría  en busca de información.Y es mejor llevarse bien con los comisarios...


La secretaria del juzgado Nº  2 María Martha Halperín. La mujer  que mandó a tomarle las huellas al niño, pero que no concurrió a mirarlo a los ojos antes de estigmatizarlo. El Sistema se vale de la continuidad de conductas aprendidas, los reglamentos no escritos y se alimenta con los prejuicios clasistas de quienes forman parte.



La jueza titular del Juzgado Nº 2: Silvia Sassano. Que tampoco quiso salir de su rol en la  maquinaria clasista.  La  comodidad de la que goza disfrutando de un puesto casi vitalicio, sin que le requieran resultados coherentes la convierte en el engranaje perfecto. 



Mientras miraba por la ventana y veía llover,   pensaba qué pasa por la cabeza de toda esta gente que usan al Estado como generador de injusticias en lugar de ser los reparadores de las mismas. 



Pensaba en mi infancia. En las dos veces que me volví de la colonia de vacaciones con zapatillas que no eran mías porque los chicos que salieron de la pileta en el turno anterior se habían dejado las suyas y tomado las mías… Y en las veces que mis hijos volvieron de la colonia sin su toallón favorito porque a otro chico, también de clase media, le había parecido bonito. Jamás lo recuperaron. Sus mamás de clase media, probablemente profesionales algunas, jamás hablaron con sus hijos para decirles que debían devolverlo. Un chico puede tomar algo que no le pertenece, movido por el deseo de poseerlo para sí, y somos los adultos, los que debemos explicarles por qué no deben hacerlo. En la clase media, el hurto, como el aborto, se oculta. Eso mantiene el sistema de prejuicios fresquito y funcionando a la perfección.   



Pensaba cómo el Poder Judicial se quedó anclado en ese limbo color sepia de principios de siglo XX; donde la palabra de un niño de clase media puede condenar para siempre a un niño si este es pobre.



Pensaba  en qué clase de mujeres son las doctoras María Martha Halperín y Silvia Sassano para movilizar todo su poder de adultas y el del Estado tras un chico de ocho años.



Evidentemente carecen de sentido común, pero ¿tendrán hijos? ¿Habrán tenido infancia? ¿Cómo vivirán sus vidas de paseos y compras? ¿Dormirán plácidamente por ser parte de la perversión capitalista y de la minoría blanca, rubia y educada que lo sostiene? 



Pensaba también en los que se oponen al sistema y en lugar de seguir la corriente del menor esfuerzo  usan su vida para servir a otros seres humanos, y no se sirven de la comodidad de un sueldo estatal para rodearse de cosas, evitando convertirse ellos en una cosa más. Y valoré mucho más a cada uno de los que conocía y eran así...

Veía por la ventana cómo caía la lluvia, y recordé esa tarde lluviosa de un triste diciembre en la que mi padre con 85 años, exponía inconscientemente la herida de la injusticia cometida contra él setenta y tres años antes… 



Y en ese preciso instante, entendí que a ese chiquito por más que el defensor público presente millones de papeles y logre que no lo separen de su madre; por más que encuentre en su camino quienes le salven la vida de mil modos, ese pequeño grupúsculo de personas vanas, siendo un engranaje en la vetusta maquinaria del Sistema,  ya le habían marcado el alma a fuego para siempre.




Consternada, para escapar de la maquinaria, me senté a escribir, porque el Sistema es tan absurdo e injusto que necesitaba imperiosamente arrancarme la piel.

 




5 comentarios:

  1. Gracias por sus palabras Débora, Ud sabe utilizar su dolor como combustible para seguir adelante. Felicitaciones

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  2. Conmovedor y movilizante. 8 años?

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  3. Tus recuerdos mechados con la absurda e hipócrita realidad actual te hacen fruncir el alma.
    Esos judiciales que parecen permanentemente sentados en un alto inodoro están seguros que por estar tan en lo alto, no les queda más remedio que volcar sus deposiciones sobre las cabezas de los que están más abajo.
    Pero ... dentro del personal policial, o de los empleados de vigilancia privada ¿tampoco hay alguno que pueda ser capáz de algún grado de discernimiento? ¿Todo es "obediencia debida", miedo o pura prepotencia o violencia?
    Abrazo.

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  4. "Los nadies", como acertadamente los llamó Galeano...

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  5. Me tomo el atrevimiento y lo transcribo:

    ‘Los nadies’, de Eduardo Galeano (1940)

    Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los na-

    dies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto

    la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la

    buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en

    lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los na-

    dies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se le-

    vanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de

    escoba.

    Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

    Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la

    liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

    Que no son, aunque sean.

    Que no hablan idiomas, sino dialectos.

    Que no hacen arte, sino artesanía.

    Que no practican cultura, sino folklore.

    Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

    Que no tienen cara, sino brazos.

    Que no tienen nombre, sino número.

    Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica

    Roja de la prensa local.

    Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.


    Débora: Gracias... Como siempre

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